Un hombre en la oscuridad
Hay citas ineludibles. Con el tiempo no importa demasiado si lo pa- sarás bien o mal en el encuentro. Hay que acudir prestos a la reunión con ese amigo que ha estado tanto tiempo sin llamar. Hola, Paul…
Para los conocedores de lo esencial de la obra de Auster, el argumento de su nueva obra, Un hombre en la oscuridad les va a remitir directamente a la primera trilogía del autor, concretamente a Ciudad de Cristal.
Tumbado en su cama en la soledad de la noche, August Brill, inventa historias para combatir el insomnio. En una de esas historias, su protagonista, Owen Brick, un mago sin demasiado éxito, se ha visto transportado a una realidad paralela donde Estados Unidos lucha en una cruenta guerra civil. Nada más llegar, le será asignada una misión de crucial importancia. Asesinar al demiurgo de esa realidad alternativa, de esa ficción. Ese hombre no es otro que August Brill, nuestro contador de historias.
Pero que no se ilusionen los amantes de metástasis narrativas y artilugios posmodernos (no se ofendan tampoco, yo soy uno de ellos); ni Borges, ni Unamuno, ni el Auster de la Trilogía de Nuevo York van a asomar por estas páginas. Es el Paul Auster actual, el hombre que ha emprendido desde hace ya muchas obras un viaje hacia los profundos -sí, profundos, al menos es lo que piensa el que suscribe- abismos que separan la realidad de la ficción. O mejor, la ficción vivida, pues la realidad no puede ser percibida sino como representación de lo ya sucedido, con la ficción pura, que nunca puede ser pura pues siempre -siempre- es reconstrucción de materiales que provienen de la vida.
Porque, Un hombre en la oscuridad, es una obra dividida en dos partes. La primera, presidida por la fantasía, la ficción dentro de la ficción, los cuadernos rojos. Y la segunda, en la que muy a pesar del autor, es la realidad la que mediante un coup d’état narrativo toma las riendas del relato. De hecho, es éste el tema principal de la obra. La imposibilidad de la literatura, del cine, de la ficción al fin y al cabo, de ser verdadera evasión a los dolores cotidianos de la existencia. August Brill y su nieta, ambos personajes centrales en la obra, acumulan palabra sobre palabra, imagen sobre imagen, pero aún así no pueden escapar a las imágenes de la realidad, a las palabras que son recuerdo, a ésas que penetran torrencialmente en la segunda parte y destruyen sin remedio toda posibilidad de fuga.
El relato de la guerra civil, de ésa realidad alternativa, se trunca y poca importancia tiene ya si no es como juego de espejos de la misma realidad. Porque por supuesto, hay juegos, de espejos, de referencias, fantasmas y ecos dentro del relato. Descubierta la realidad en la segunda parte, las contaminaciones de la ficción se hacen algo más evidentes. Como siempre en Auster, el lector ha de participar. Esto es sexo. El onanismo lo deja para otros.
Una de las características que diferencia Un hombre en la oscuridad del resto de la obra de Auster es la presencia de la emoción como catalizador del relato. Hay poco de ese Auster, a veces excesivamente cerebral que ya conocemos. La dualidad realidad-ficción, vertebradora de la obra del autor neoyorquino, se traslada aquí desde la óptica del desgarro más puro. Es éste el relato de una historia familiar, de una historia vital, una historia de tragedia y pérdida. Una historia cruel que intenta ser desviada sin éxito a través de la ficción. Pero no se preocupen, al final hay esperanza e incluso -esto me lo ha contado un amigo- hay quién puede acabar con los ojos húmedos y casi -casi- llorosos.
Es el mismo Auster. El mismo, siempre el mismo. Con su misma prosa. Fluida, certera, líquida. Fácil, tan fácil que deberían prohibirla. En definitiva; tan americana. Y con los mismos temas. La realidad, la ficción, rojo contra azul… ¿Existe la vida o tan sólo el relato de la misma? ¿Existe siquiera algo llamado ficción? Y finalmente, sólo un sentimiento tras acabar la obra. Una profunda envidia. ¿Cómo es posible ser tan absolutamente original, tan absolutamente significativo, hablando siempre de lo mismo? ¡Qué cabrón! David D. Domínguez.








¡Habrá que leerlo!
Sólo espero que tu amigo a quien se le humedecen los ojos, no sea un amigo que compartamos.
Eso si… Me encanta que tengamos esperanza al final. Sino para que leerlo.
“La realidad, la ficción, rojo contra azul…” ¡Que cabrón!
Sí, también es amigo tuyo… Ya sabes el típico amigo al que le suceden esas cosas embarazosas que nunca te sucederían a tí. Nunca.
Y ¿debo decir gracias? Creo que sí.
güeno güeno… pos si, habrá que leerlo. sobretodo otro amigo mío, que necesita tanto de esta esperanza para no ser golpeado por el puñetazo d’etat narrativo, a veces tan poco interesante, de la realidad pura sin juegos ni nada.
nos vemos, cabrones ;D
Sí, sí, leelo que es muy bueno. Y no es pedante, como el que escribe.
Me leí la Trilogía de Nueva York, y me sentí un poco (mucho) estúpido. No entré en la novela y me perdí. Sé que acabé el libro pero no me enteré de lo que había leido, aunque también me pasó con Fantasmas de Palahniuk, y el tío me encanta. Vuelvo a reintentarlo con éste, con otro de Auster o abandono?
A ver, Caballero Aguileo, éste es mucho más sencillo y más emocional. Tiene las dos lecturas, la trilogía (que me encanta y no llamo Santa Trilogía, para evitar confusiones) sólo tiene una y o entras en el juego o te da una patada en el culo. En definitiva, que son bastante diferentes. Podrías probar.
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